Esta es una invitación a soñar, se hace llamar a sí misma, “Sumate”, y es para vos, no es casualidad que las estés leyendo. Te voy a contar una historia…

Había un chico, lo vamos a llamar Iván, resulta que siempre fue un poco inquieto, le encantaba escuchar historias, estas tenían un poder muy grande para él, porque conseguía ver las imágenes que les describían, podía percibir olores y hasta podía sentir esos sentimientos que le contaban, pero a su vez, tenía una desventaja, no conseguía desacreditar ninguna historia y creía en cada una que le contaban.

Hasta que un buen día, como cual rayo que quiebra el árbol y lo deja encendido, recibió una luz que fue un fogonazo de verdad y dejo al descubierto muchas de las mentiras que se escondían en aquellas historias, y como al árbol, una llama le había quedado, la de la duda, pero esta llama, lo estaba quemando y por las noches le quitaba el sueño.

Un día, caminaba con rumbo al trabajo, su incomodidad era insostenible, tanto así que no conseguía hacer pasos largos. Era mucho lo que quería descubrir, muchas verdades que conocer, caminaba mirando sus pies para hacer calculados pasos cortos y demorar todavía más, como siempre, evitaba pisar las líneas que unen las baldosas.

En ese momento como una revelación chocó de frente con una viajera, pequeña pero de gran mochila, que casualmente intentaba no pisar las líneas de las baldosas, sorprendidos cruzaron su mirada y ahí lo comprendió todo tenía que salir, a buscarla a ella y a esas verdades. En ese momento apresuro el paso al trabajo, pero solo para devolver la corbata. No podía continuar trabajando con tal espina en el corazón.

Salió de su zona de confort y era todo muy nuevo, apasionante en un principio, pero las verdades aparecieron, algunas fueron reconfortantes, otras tal vez muy crudas y a veces dolorosas. Pero su sed de verdad era mucha, y no lo disuadieron los dolores, continuo, descubrió que la gente “mala” que vivía en otras naciones, eran igual que El, tenían sueños, dificultades, alegrías y tristezas.

Vio que en otros idiomas las risas se escribían diferentes, pero que podía reír con todos en el mismo idioma. Se empapo de tantas verdades, que le pesaba la arrogancia y se la saco, le regalaron una prenda y se vistió de humildad.

Una vez en una plaza mirando las palomas, un niño que pasaba le regalo su mirada y como niño volvió a descubrir el mundo, al sorprenderse con los colores de las mariposas, los cantos de los pájaros, y reír de todo mimo o payaso que se encontrara en la calle. Una tarde caía el Sol y tomo una interminable bocanada de aire, sintió que su pecho se hinchaba como un globo y hasta pensó que en un momento podría explotar, cuando ya no entro aire y comenzó a soltarlo, la vida se le apareció, lo abrazo y se sintió vivo.

Esa noche decidió volver, pero no volvería solo, muchos kilómetros de aventura volvían en su mochila, y decidió que tenía que contarles a todos su historia, porque cada persona tendría que viajar por lo menos una vez a algún lugar para descubrirse viendo el mundo.

 

Porque si todos conocemos una parte de ese mundo con la humildad que solo un viaje te puede regalar, nos encontraríamos iguales a todos y solo así se perdería la arrogancia de creer que una nacionalidad es mejor que otras. Las fronteras serian una vieja historia que contar, el amor seria el gobierno de turno, las fuerzas de defensa quedaría obsoletas por culpa de la paz. Y entendió que esa era una Revolución de la que quería ser parte…

Lucas Brinach

La revolución no va a ser armada, va a ser creativa

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